El encanto del baile como niños, como hermanos cómplices, casi me había hecho olvidar el recelo y la búsqueda de una escapatoria al peligro de aquella sonrisa y, ahora, esa brizna de claridad mental desaparecía por sorpresa ahogada en un charco de sangre entre sus piernas. Las tías tienen estas cosas, son inoportunas. «¿Pero…? ¡No me jodas!» le grito incrédulo. Su cara desencajada me desconcierta, debiera estar acostumbrada a sangrar por ahí abajo… Alza los ojos, vidriosos, y con un hilo de voz apenas audible susurra: «Mi bebé… Nuestro bebé…». Creo que ni siquiera es consciente de mi presencia, de lo que ha dicho. Un calor sofocante me recorre el cuerpo de dentro hacia fuera a ritmo intermitente, sufro dolor a cada latir furioso. ¿Embarazada? ¿Alberto lo sabrá? Las preguntas se agolpan en mi cabeza sin orden y a toneladas. Me enfocan al fin sus pupilas y con voz grave acompaña la ira que asoma tras las lágrimas: «Si tú no… La culpa es tuya jodido enano cabrón.». Fin de la tregua. En lugar de correr hacia mí lo hace hacia la gramola… ¡Ahora entiendo! ¡Allí está su puto bolso, su puto revólver! Salto sobre ella sin poder apenas asirla con firmeza y nos caen encima el montón de libros acumulados junto al bolso y lo que aquel contiene. Entre el barullo de golpes el brillo metálico del arma parece hacerme señales: demasiado lejos, ella casi lo alcanza. Mi última oportunidad se reduce a un minuto antes de verme agujereado. Pisándola, estirándome, logro alcanzar y separar la aguja del viejo equipo de música. Hasta hace un momento arrancaba bellas notas, ahora lo que arranca es la fina piel de su cuello. Rápido, letal, un corte mal hecho por donde se le escapa la vida, otra ya se le fue por entre las piernas. No se mueve. No me mira. Mejor… Antes de limpiar tendré que cubrirle la cara, no quiero tener que enfrentarme a esos ojos jamás.

          Es como una inyección en la encía. Descubro su intención cuando irrumpe brusco el silencio. ¡Putas lágrimas! Su movimiento es borroso como una fotografía lenta en la oscuridad. Pincha y desgarra, y el aire seca mi garganta, que grita retorciéndose sin un halo de voz. Camina lento el calor, como una hormiga pesada acariciándome el cuello. Late entre mis pechos. Débil, he perdido. Le oigo caminar. Cruje el plástico y suenan gotas. Desliza junto a mis pies descalzos la fregona. Echo en falta tiempo para decirme adiós, decirle adiós, su último beso, su caricia y su aroma, sus ojos despidiéndose, su voz. ¿Su voz? El cosquilleo que me recorre las piernas pica y tiembla. ¿Su voz? Creo que aún pienso como un sueño inconsciente de la agonía. ¿Su voz? Me obligo y no respiro, y en el intento de asfixia, brinco y grito como si despertara de una pesadilla. ¡Su voz! Alberto se gira y me mira aterrado, sorprendido, sucio, infiel y avergonzado. Limpio mis ojos y ensucio mis manos. No duele acariciarme el cuello, duele morir dos veces en un día y descubrirme resucitada en otra vida. Alberto, en mis ojos, con los calzoncillos caídos, escondido entre sus labios. No puedo sostener la nitidez y derrumbo los ojos hacia mi charco de sangre. En medio, mi arma. El metal sucio a un solo palmo ha sido un brutal despiste. Demasiada sangre. A su lado, la gramola caída y rota, sin el brazo que tantas veces le hizo cantar. El vinilo quieto; mudo y sucio. Dispararle no matará el dolor. Dispararle, Dispararme, Dispararlos, Disparar. “Ángela…” Su voz ruega. Mi hermano ancla la mirada en un vacío; callado y nervioso, ausente y preso en la quietud. Le aterra el inminente gesto. Cinco segundos después, cuando atrapo el arma, sé que al imbécil no le importa morir. Recorro el rastro invisible que dejan sus ojos y descubro la blanca cocaína brillando en el interior de la gramola.  Débil, sé que todo terminará cuando doble el gatillo.

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