Tiene un plan. Esa sonrisa la delata. La misma que cuando, con los alicates en la mano y doce años, me miró antes de cortar los cables eléctricos del convento vecino, que conservó aun saliendo despedida por la descarga, dolorida por la caída pero intacta gracias a la goma que recubría la herramienta. En algún cajón de por aquí dormirá el acero retorcido recuerdo de aquel día. La misma que exhibía cuando nuestros padres nos pillaban en alguna travesura, y que significaba salir impunes contra todo pronóstico. Sí, brilla como el mismo infierno, acentuada por un haz de luz que atraviesa la estancia. De ese modo, envuelta por lo mágico del polvo en suspensión, parece la niña de coletas asimétricas que en otro tiempo me llevaba de la mano a merendar junto a la gramola y, escuchando la música del abuelo, se comía mi bocadillo de mortadela para que no me riñeran por dejarlo entero, al tiempo que bailábamos desencajados. Es temerario, pero siento curiosidad por saber qué pretende. «No hay problema. ¡Qué suene la música!», digo en tono jocoso. Me limpio la sangre de la nariz con la manga y sin soltar el candelabro recojo uno de los vinilos caídos junto a mis piernas. Me pregunto si su filo será lo suficiente afilado como para rebanar un cuello femenino… «¿Por qué no pones éste? “Kind of Blue” de Miles Davis era uno de los favoritos del abuelo. Ten, acércate. Hablemos». Me pongo en pie ayudado por el bombear frenético de mi corazón asustado. Ha frenado en seco, no sé si por mi sugerencia o por mi movimiento, pero eso es bueno: duda.

Sus dedos tiemblan como un rascacielos cuando sopla el viento. Es imperceptible, pero el vinilo tambalea, arriba y abajo, una y otra vez durante el largo y dudoso traspaso. Visualizo mi movimiento, rápido, como el corte de la tercera canción. El cable se pierde detrás del armario, y al presionar el interruptor rojo un chasquido susurra que la gramola sigue funcionando. Coloco el disco en la guía, levanto la aguja y las primeras notas me olvidan el diabólico motivo de la música. Me descalzo el único zapato y le miro sin encoger un ápice la sonrisa. «¿Bailamos?» Adoro su gesto en la confusión. Adoro su confianza y valentía. Adoro esa sensación de victoria previa al engaño. Él siempre fue  el ejemplo a seguir, el espejo al que mamá quería que yo siempre mirase. Hoy sí lo hago. Lo hago porque desconfío de su confianza. Quizá también esconda un plan. Y pese a ello, acepta mi mano tendida y se enganchan nuestros dedos. Creo pisar cristales, polvo, virutas, una tabla que balancea y gime, y siento un chasquido en las medias. No debo retirar mi mirada de él. Balanceamos, giramos  y desaparecemos, y vuelta al frente. El baile es una templada y medida partida de ajedrez. Será un ataque sigiloso e imperceptible que colocará mi Reina negra entre sus dientes. Sé el minuto exacto. Nuevo giro, pegados, ojos heridos a un palmo, nos distanciamos, y  al intentar desconectar y atacar, él me sonríe, aprieta mis dedos y regresamos. «¡Mierda!» Su grito nos silencia, nos detiene y separa. La gramola ultima su canción a más de seis pasos. Él sólo mira entre mis piernas, donde un charco de sangre gotea y se acomoda sobre la madera.

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