Se levanta. Siempre tan superior y ahora soy yo quien tiene la sartén por el mango. Sé que le domina la rabia. Que desde mi insignificancia la haya puesto en evidencia es demasiado para su ego. No es como lo había planeado, pero casi es más satisfactorio verle la cara en directo que imaginársela. Río a carcajadas, me duelen las costillas pero río, sólo para provocarla. Se acerca despacio, sibilina, está ridícula cojeando sin un tacón y tiene un diente roto. Esa boca, ahora imperfecta, es la que besa Alberto después de comerme la polla. Me divierte pensar en eso ahora, quizá se lo diga, se lo escupa… Él altivo, como ella. Mirando por encima del hombro, y un buen día, tras una borrachera, lo inesperado de descubrirlo de rodillas entre mis piernas. Follando pierde toda la arrogancia, siempre postrado ante mí: chupando o disfrutando de que le rompa el culo. ¿Con ella se comportará igual? Lo dudo, seguro que hasta en la cama son estirados. Los dos somos libres estando juntos y necesito la pasta para ofrecerle una vía de escape. Nuestra oportunidad reside en la coca de esta puta. «¿Dónde está?» pregunta aullando. No pienso decírselo. Sangre de mi sangre, pero la de mis venas es prioritaria y no puedo levantarme aún. Quizá… Sí, ese candelabro que tantas veces hicimos pasar por bolo servirá. Como me toque se lo hundo en el cráneo.

          Veo la posición exacta del revólver en el interior del bolso que posé junto a la vieja gramola. Avanzo lenta, coja y decidida. Al caminar me pinza un nervio en la cadera. Paso la lengua por el corte diagonal del diente. Rasca. Siempre encontré un sabor agradable a la sangre.  Miro fugaz el altavoz plateado que se retuerce hasta lograr la vieja forma de trompeta. Los vinilos los pinchaba el abuelo.  Su amado Charlie Parker y el jazz. Y allí, veo en mi cabeza el arma nítida, con sus relieves desgastados en el metal,  reclinada y apuntando hacia la ventana, junto a la crema de manos, el móvil, la agenda, un boli de color negro, el lápiz lila de labios, pañuelos de papel, pinzas y espejo, tarjetas de restaurante, mi cartera, y el ansiado predictor. Me ciegan todas las siluetas, como el día que el olvido me hizo dudar de mí y busqué aterrada en la pantalla radiografiada de la aduana del aeropuerto. Hoy sí está. Cargada. ¡Y la utilizaré, mierda! Es sólo abrir el botón de imán, apartar la novela de Murakami y encajarla suavemente y con firmeza entre mis manos, como el día del anillo de Alberto. Sería innecesario, pero sigue riendo. ¡Qué diablos! No dudaré en estrangular el gatillo. Le meteré el doble cañón hirviendo entre los dientes hasta que cague sus calzones de marica. ¡Lo haré! No será la primera vez que huela su mierda. La caca de niño, hoy, defecará como adulto «¡Quieta ahí!», grita cuando estoy a solo tres pasos. Sonrío más. «Sólo quiero poner un poco de música. ¿Puedo?»

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