Amanece. Los rayos de luz anaranjada, que entran como espadas por entre los tableros mal colocados de las ventanas, no dejan lugar a dudas: la cabrona de mi hermana me ha roto la nariz. Gotea la sangre  sobre los vinilos antiguos esparcidos en el suelo, su lentitud al caer contrasta con mi corazón acelerado tras la pelea. Si pudiera levantarme le golpearía la cara que antes respeté -nariz por nariz-, pero siempre fue certera con las patadas y, la que recibí entre las piernas, no me permite siquiera respirar sin dolor. Al menos ella parece que no está mucho mejor. Apoyada, en la alacena que se intuye bajo una sábana sucia, ni siquiera me mira, se sujeta el estómago, ahí le di bien. Debí imaginar que tras quedarme el envío de cocaína sería la encargada de rastrearme. Sólo a ella se le hubiese ocurrido buscar en la vieja tienda de antigüedades, ahora cerrada pero en otro tiempo bulliciosa y escenario de muchos de nuestros juegos infantiles.

Me incomodan las bragas. Los volantes de lencería fina no son compatibles para pelear con el hijo de puta de tu hermano. También me cojea un zapato. Partí el tacón tras apoyar demasiado fuerte y hundir mi rodilla en su entrepierna. La factura de los manolos son demasiados ceros que nunca rembolsarán. Hoy como con Alberto, y tenemos grandes noticias. Hoy era un día perfecto. Lo chilla  el sol acuchillando nuestra oscuridad. Pero este enano cabrón me ha traicionado… No puedo creer que faltara a la cita. ¡Míralo! Habrá que limpiar la sangre del suelo. ¡Imbécil! A veces pienso que él siempre tuvo más tetas que yo. Incluso ahora, con las mías hinchadas y doloridas. Arrancaría de dos certeros mordiscos mis ovarios y se los haría comer hasta verle escupir el lugar exacto de mi coca y mi dinero. Pero calla. Sangra su chata nariz y calla. Sonrío superioridad, pero me duele. ¡Mierda! El espejo de papá, cubierto por el denso polvo del olvido, y encendido por un halo de luz, me refleja un diente roto. Es hora de sacarle los ojos de estúpido y recuperar lo mío.

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