La Gramola

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         Amanece. Los rayos de luz anaranjada, que entran como espadas por entre los tableros mal colocados de las ventanas, no dejan lugar a dudas: la cabrona de mi hermana me ha roto la nariz. Gotea la sangre  sobre los vinilos antiguos esparcidos en el suelo, su lentitud al caer contrasta con mi corazón acelerado tras la pelea. Si pudiera levantarme le golpearía la cara que antes respeté -nariz por nariz-, pero siempre fue certera con las patadas y, la que recibí entre las piernas, no me permite siquiera respirar sin dolor. Al menos ella parece que no está mucho mejor. Apoyada, en la alacena que se intuye bajo una sábana sucia, ni siquiera me mira, se sujeta el estómago, ahí le di bien. Debí imaginar que tras quedarme el envío de cocaína sería la encargada de rastrearme. Sólo a ella se le hubiese ocurrido buscar en la vieja tienda de antigüedades, ahora cerrada pero en otro tiempo bulliciosa y escenario de muchos de nuestros juegos infantiles.

Me incomodan las bragas. Los volantes de lencería fina no son compatibles para pelear con el hijo de puta de tu hermano. También me cojea un zapato. Partí el tacón tras apoyar demasiado fuerte y hundir mi rodilla en su entrepierna. La factura de los manolos son demasiados ceros que nunca rembolsarán. Hoy como con Alberto, y tenemos grandes noticias. Hoy era un día perfecto. Lo chilla  el sol acuchillando nuestra oscuridad. Pero este enano cabrón me ha traicionado… No puedo creer que faltara a la cita. ¡Míralo! Habrá que limpiar la sangre del suelo. ¡Imbécil! A veces pienso que él siempre tuvo más tetas que yo. Incluso ahora, con las mías hinchadas y doloridas. Arrancaría de dos certeros mordiscos mis ovarios y se los haría comer hasta verle escupir el lugar exacto de mi coca y mi dinero. Pero calla. Sangra su chata nariz y calla. Sonrío superioridad, pero me duele. ¡Mierda! El espejo de papá, cubierto por el denso polvo del olvido, y encendido por un halo de luz, me refleja un diente roto. Es hora de sacarle los ojos de estúpido y recuperar lo mío.

Se levanta. Siempre tan superior y ahora soy yo quien tiene la sartén por el mango. Sé que le domina la rabia. Que desde mi insignificancia la haya puesto en evidencia es demasiado para su ego. No es como lo había planeado, pero casi es más satisfactorio verle la cara en directo que imaginársela. Río a carcajadas, me duelen las costillas pero río, sólo para provocarla. Se acerca despacio, sibilina, está ridícula cojeando sin un tacón y tiene un diente roto. Esa boca, ahora imperfecta, es la que besa Alberto después de comerme la polla. Me divierte pensar en eso ahora, quizá se lo diga, se lo escupa… Él altivo, como ella. Mirando por encima del hombro, y un buen día, tras una borrachera, lo inesperado de descubrirlo de rodillas entre mis piernas. Follando pierde toda la arrogancia, siempre postrado ante mí: chupando o disfrutando de que le rompa el culo. ¿Con ella se comportará igual? Lo dudo, seguro que hasta en la cama son estirados. Los dos somos libres estando juntos y necesito la pasta para ofrecerle una vía de escape. Nuestra oportunidad reside en la coca de esta puta. «¿Dónde está?» pregunta aullando. No pienso decírselo. Sangre de mi sangre, pero la de mis venas es prioritaria y no puedo levantarme aún. Quizá… Sí, ese candelabro que tantas veces hicimos pasar por bolo servirá. Como me toque se lo hundo en el cráneo.

Veo la posición exacta del revólver en el interior del bolso que posé junto a la vieja gramola. Avanzo lenta, coja y decidida. Al caminar me pinza un nervio en la cadera. Paso la lengua por el corte diagonal del diente. Rasca. Siempre encontré un sabor agradable a la sangre.  Miro fugaz el altavoz plateado que se retuerce hasta lograr la vieja forma de trompeta. Los vinilos los pinchaba el abuelo.  Su amado Charlie Parker y el jazz. Y allí, veo en mi cabeza el arma nítida, con sus relieves desgastados en el metal,  reclinada y apuntando hacia la ventana, junto a la crema de manos, el móvil, la agenda, un boli de color negro, el lápiz lila de labios, pañuelos de papel, pinzas y espejo, tarjetas de restaurante, mi cartera, y el ansiado predictor. Me ciegan todas las siluetas, como el día que el olvido me hizo dudar de mí y busqué aterrada en la pantalla radiografiada de la aduana del aeropuerto. Hoy sí está. Cargada. ¡Y la utilizaré, mierda! Es sólo abrir el botón de imán, apartar la novela de Murakami y encajarla suavemente y con firmeza entre mis manos, como el día del anillo de Alberto. Sería innecesario, pero sigue riendo. ¡Qué diablos! No dudaré en estrangular el gatillo. Le meteré el doble cañón hirviendo entre los dientes hasta que cague sus calzones de marica. ¡Lo haré! No será la primera vez que huela su mierda. La caca de niño, hoy, defecará como adulto «¡Quieta ahí!», grita cuando estoy a solo tres pasos. Sonrío más. «Sólo quiero poner un poco de música. ¿Puedo?»

Tiene un plan. Esa sonrisa la delata. La misma que cuando con los alicates en la mano y doce años me miró antes de cortar los cables eléctricos del convento vecino, que conservó aun saliendo despedida por la descarga, dolorida por la caída pero intacta gracias a la goma que recubría la herramienta. En algún cajón de por aquí dormirá el acero retorcido recuerdo de aquel día. La misma que exhibía cuando nuestros padres nos pillaban en alguna travesura, y que significaba salir impunes contra todo pronóstico. Sí, brilla como el mismo infierno, acentuada por un haz de luz que atraviesa la estancia. De ese modo, envuelta por lo mágico del polvo en suspensión, parece la niña de coletas asimétricas que en otro tiempo me llevaba de la mano a merendar junto a la gramola y, escuchando la música del abuelo, se comía mi bocadillo de mortadela para que no me riñeran por dejarlo entero, al tiempo que bailábamos desencajados. Es temerario, pero siento curiosidad por saber qué pretende. «No hay problema. ¡Qué suene la música!», digo en tono jocoso. Me limpio la sangre de la nariz con la manga y sin soltar el candelabro recojo uno de los vinilos caídos junto a mis piernas. Me pregunto si su filo será lo suficiente afilado como para rebanar un cuello femenino… «¿Por qué no pones éste? “Kind of Blue” de Miles Davis era uno de los favoritos del abuelo. Ten, acércate. Hablemos». Me pongo en pie ayudado por el bombear frenético de mi corazón asustado. Ha frenado en seco, no sé si por mi sugerencia o por mi movimiento, pero eso es bueno: duda.

Sus dedos tiemblan como un rascacielos cuando sopla el viento. Es imperceptible, pero el vinilo tambalea, arriba y abajo, una y otra vez durante el largo y dudoso traspaso. Visualizo mi movimiento, rápido, como el corte de la tercera canción. El cable se pierde detrás del armario, y al presionar el interruptor rojo un chasquido susurra que la gramola sigue funcionando. Coloco el disco en la guía, levanto la aguja y las primeras notas me olvidan el diabólico motivo de la música. Me descalzo el único zapato y le miro sin encoger un ápice la sonrisa. «¿Bailamos?» Adoro su gesto en la confusión. Adoro su confianza y valentía. Adoro esa sensación de victoria previa al engaño. Él siempre fue  el ejemplo a seguir, el espejo al que mamá quería que yo siempre mirase. Hoy sí lo hago. Lo hago porque desconfío de su confianza. Quizá también esconda un plan. Y pese a ello, acepta mi mano tendida y se enganchan nuestros dedos. Creo pisar cristales, polvo, virutas, una tabla que balancea y gime, y siento un chasquido en las medias. No debo retirar mi mirada de él. Balanceamos, giramos  y desaparecemos, y vuelta al frente. El baile es una templada y medida partida de ajedrez. Será un ataque sigiloso e imperceptible que colocará mi Reina negra entre sus dientes. Sé el minuto exacto. Nuevo giro, pegados, ojos heridos a un palmo, nos distanciamos, y  al intentar desconectar y atacar, él me sonríe, aprieta mis dedos y regresamos. «¡Mierda!» Su grito nos silencia, nos detiene y separa. La gramola ultima su canción a más de seis pasos. Él sólo mira entre mis piernas, donde un charco de sangre gotea y se acomoda sobre la madera.

El encanto del baile como niños, como hermanos cómplices, casi me había hecho olvidar el recelo y la búsqueda de una escapatoria al peligro de aquella sonrisa y, ahora, esa brizna de claridad mental desaparecía por sorpresa ahogada en un charco de sangre entre sus piernas. Las tías tienen estas cosas, son inoportunas. «¿Pero…? ¡No me jodas!» le grito incrédulo. Su cara desencajada me desconcierta, debiera estar acostumbrada a sangrar por ahí abajo… Alza los ojos, vidriosos, y con un hilo de voz apenas audible susurra: «Mi bebé… Nuestro bebé…». Creo que ni siquiera es consciente de mi presencia, de lo que ha dicho. Un calor sofocante me recorre el cuerpo de dentro hacia fuera a ritmo intermitente, sufro dolor a cada latir furioso. ¿Embarazada? ¿Alberto lo sabrá? Las preguntas se agolpan en mi cabeza sin orden y a toneladas. Me enfocan al fin sus pupilas y con voz grave acompaña la ira que asoma tras las lágrimas: «Si tú no… La culpa es tuya jodido enano cabrón.». Fin de la tregua. En lugar de correr hacia mí lo hace hacia la gramola… ¡Ahora entiendo! ¡Allí está su puto bolso, su puta pistola! Salto sobre ella sin poder apenas asirla con firmeza y nos caen encima el montón de libros acumulados junto al bolso y lo que aquel contiene. Entre el barullo de golpes el brillo metálico del arma parece hacerme señales: demasiado lejos, ella casi lo alcanza. Mi última oportunidad se reduce a un minuto antes de verme agujereado. Pisándola, estirándome, logro alcanzar y separar la aguja del viejo equipo de música. Hasta hace un momento arrancaba bellas notas, ahora lo que arranca es la fina piel de su cuello. Rápido, letal, un corte mal hecho por donde se le escapa la vida, otra ya se le fue por entre las piernas. No se mueve. No me mira. Mejor… Antes de limpiar tendré que cubrirle la cara, no quiero tener que enfrentarme a esos ojos jamás.

Es como una inyección en la encía. Descubro su intención cuando irrumpe brusco el silencio. ¡Putas lágrimas! Su movimiento es borroso como una fotografía lenta en la oscuridad. Pincha y desgarra, y el aire seca mi garganta, que grita retorciéndose sin un halo de voz. Camina lento el calor, como una hormiga pesada acariciándome el cuello. Late entre mis pechos. Débil, he perdido. Le oigo caminar. Cruje el plástico y suenan gotas. Desliza junto a mis pies descalzos la fregona. Echo en falta tiempo para decirme adiós, decirle adiós, su último beso, su caricia y su aroma, sus ojos despidiéndose, su voz. ¿Su voz? El cosquilleo que me recorre las piernas pica y tiembla. ¿Su voz? Creo que aún pienso como un sueño inconsciente de la agonía. ¿Su voz? Me obligo y no respiro, y en el intento de asfixia, brinco y grito como si despertara de una pesadilla. ¡Su voz! Alberto se gira y me mira aterrado, sorprendido, sucio, infiel y avergonzado. Limpio mis ojos y ensucio mis manos. No duele acariciarme el cuello, duele morir dos veces en un día y descubrirme resucitada en otra vida. Alberto, en mis ojos, con los calzoncillos caídos, escondido entre sus labios. No puedo sostener la nitidez y derrumbo los ojos hacia mi charco de sangre. En medio, mi arma. El metal sucio a un solo palmo ha sido un brutal despiste. Demasiada sangre.  Dispararle no matará el dolor. Dispararle, Dispararme, Dispararlos, Disparar. “Ángela…” Su voz ruega. Mi hermano aún calla. Débil, sé que todo terminará cuando doble el gatillo.

Texto: Leire Brenan y Daniel Diez
Ilustraciones: Maika Prado

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La Gramola – Capítulo final

         El encanto del baile como niños, como hermanos cómplices, casi me había hecho olvidar el recelo y la búsqueda de una escapatoria al peligro de aquella sonrisa y, ahora, esa brizna de claridad mental desaparecía por sorpresa ahogada en un charco de sangre entre sus piernas. Las tías tienen estas cosas, son inoportunas. «¿Pero…? ¡No me jodas!» le grito incrédulo. Su cara desencajada me desconcierta, debiera estar acostumbrada a sangrar por ahí abajo… Alza los ojos, vidriosos, y con un hilo de voz apenas audible susurra: «Mi bebé… Nuestro bebé…». Creo que ni siquiera es consciente de mi presencia, de lo que ha dicho. Un calor sofocante me recorre el cuerpo de dentro hacia fuera a ritmo intermitente, sufro dolor a cada latir furioso. ¿Embarazada? ¿Alberto lo sabrá? Las preguntas se agolpan en mi cabeza sin orden y a toneladas. Me enfocan al fin sus pupilas y con voz grave acompaña la ira que asoma tras las lágrimas: «Si tú no… La culpa es tuya jodido enano cabrón.». Fin de la tregua. En lugar de correr hacia mí lo hace hacia la gramola… ¡Ahora entiendo! ¡Allí está su puto bolso, su puto revólver! Salto sobre ella sin poder apenas asirla con firmeza y nos caen encima el montón de libros acumulados junto al bolso y lo que aquel contiene. Entre el barullo de golpes el brillo metálico del arma parece hacerme señales: demasiado lejos, ella casi lo alcanza. Mi última oportunidad se reduce a un minuto antes de verme agujereado. Pisándola, estirándome, logro alcanzar y separar la aguja del viejo equipo de música. Hasta hace un momento arrancaba bellas notas, ahora lo que arranca es la fina piel de su cuello. Rápido, letal, un corte mal hecho por donde se le escapa la vida, otra ya se le fue por entre las piernas. No se mueve. No me mira. Mejor… Antes de limpiar tendré que cubrirle la cara, no quiero tener que enfrentarme a esos ojos jamás.

          Es como una inyección en la encía. Descubro su intención cuando irrumpe brusco el silencio. ¡Putas lágrimas! Su movimiento es borroso como una fotografía lenta en la oscuridad. Pincha y desgarra, y el aire seca mi garganta, que grita retorciéndose sin un halo de voz. Camina lento el calor, como una hormiga pesada acariciándome el cuello. Late entre mis pechos. Débil, he perdido. Le oigo caminar. Cruje el plástico y suenan gotas. Desliza junto a mis pies descalzos la fregona. Echo en falta tiempo para decirme adiós, decirle adiós, su último beso, su caricia y su aroma, sus ojos despidiéndose, su voz. ¿Su voz? El cosquilleo que me recorre las piernas pica y tiembla. ¿Su voz? Creo que aún pienso como un sueño inconsciente de la agonía. ¿Su voz? Me obligo y no respiro, y en el intento de asfixia, brinco y grito como si despertara de una pesadilla. ¡Su voz! Alberto se gira y me mira aterrado, sorprendido, sucio, infiel y avergonzado. Limpio mis ojos y ensucio mis manos. No duele acariciarme el cuello, duele morir dos veces en un día y descubrirme resucitada en otra vida. Alberto, en mis ojos, con los calzoncillos caídos, escondido entre sus labios. No puedo sostener la nitidez y derrumbo los ojos hacia mi charco de sangre. En medio, mi arma. El metal sucio a un solo palmo ha sido un brutal despiste. Demasiada sangre. A su lado, la gramola caída y rota, sin el brazo que tantas veces le hizo cantar. El vinilo quieto; mudo y sucio. Dispararle no matará el dolor. Dispararle, Dispararme, Dispararlos, Disparar. “Ángela…” Su voz ruega. Mi hermano ancla la mirada en un vacío; callado y nervioso, ausente y preso en la quietud. Le aterra el inminente gesto. Cinco segundos después, cuando atrapo el arma, sé que al imbécil no le importa morir. Recorro el rastro invisible que dejan sus ojos y descubro la blanca cocaína brillando en el interior de la gramola.  Débil, sé que todo terminará cuando doble el gatillo.

La Gramola – Capítulo III

Tiene un plan. Esa sonrisa la delata. La misma que cuando, con los alicates en la mano y doce años, me miró antes de cortar los cables eléctricos del convento vecino, que conservó aun saliendo despedida por la descarga, dolorida por la caída pero intacta gracias a la goma que recubría la herramienta. En algún cajón de por aquí dormirá el acero retorcido recuerdo de aquel día. La misma que exhibía cuando nuestros padres nos pillaban en alguna travesura, y que significaba salir impunes contra todo pronóstico. Sí, brilla como el mismo infierno, acentuada por un haz de luz que atraviesa la estancia. De ese modo, envuelta por lo mágico del polvo en suspensión, parece la niña de coletas asimétricas que en otro tiempo me llevaba de la mano a merendar junto a la gramola y, escuchando la música del abuelo, se comía mi bocadillo de mortadela para que no me riñeran por dejarlo entero, al tiempo que bailábamos desencajados. Es temerario, pero siento curiosidad por saber qué pretende. «No hay problema. ¡Qué suene la música!», digo en tono jocoso. Me limpio la sangre de la nariz con la manga y sin soltar el candelabro recojo uno de los vinilos caídos junto a mis piernas. Me pregunto si su filo será lo suficiente afilado como para rebanar un cuello femenino… «¿Por qué no pones éste? “Kind of Blue” de Miles Davis era uno de los favoritos del abuelo. Ten, acércate. Hablemos». Me pongo en pie ayudado por el bombear frenético de mi corazón asustado. Ha frenado en seco, no sé si por mi sugerencia o por mi movimiento, pero eso es bueno: duda.

Sus dedos tiemblan como un rascacielos cuando sopla el viento. Es imperceptible, pero el vinilo tambalea, arriba y abajo, una y otra vez durante el largo y dudoso traspaso. Visualizo mi movimiento, rápido, como el corte de la tercera canción. El cable se pierde detrás del armario, y al presionar el interruptor rojo un chasquido susurra que la gramola sigue funcionando. Coloco el disco en la guía, levanto la aguja y las primeras notas me olvidan el diabólico motivo de la música. Me descalzo el único zapato y le miro sin encoger un ápice la sonrisa. «¿Bailamos?» Adoro su gesto en la confusión. Adoro su confianza y valentía. Adoro esa sensación de victoria previa al engaño. Él siempre fue  el ejemplo a seguir, el espejo al que mamá quería que yo siempre mirase. Hoy sí lo hago. Lo hago porque desconfío de su confianza. Quizá también esconda un plan. Y pese a ello, acepta mi mano tendida y se enganchan nuestros dedos. Creo pisar cristales, polvo, virutas, una tabla que balancea y gime, y siento un chasquido en las medias. No debo retirar mi mirada de él. Balanceamos, giramos  y desaparecemos, y vuelta al frente. El baile es una templada y medida partida de ajedrez. Será un ataque sigiloso e imperceptible que colocará mi Reina negra entre sus dientes. Sé el minuto exacto. Nuevo giro, pegados, ojos heridos a un palmo, nos distanciamos, y  al intentar desconectar y atacar, él me sonríe, aprieta mis dedos y regresamos. «¡Mierda!» Su grito nos silencia, nos detiene y separa. La gramola ultima su canción a más de seis pasos. Él sólo mira entre mis piernas, donde un charco de sangre gotea y se acomoda sobre la madera.

La Gramola – Capítulo II

         Se levanta. Siempre tan superior y ahora soy yo quien tiene la sartén por el mango. Sé que le domina la rabia. Que desde mi insignificancia la haya puesto en evidencia es demasiado para su ego. No es como lo había planeado, pero casi es más satisfactorio verle la cara en directo que imaginársela. Río a carcajadas, me duelen las costillas pero río, sólo para provocarla. Se acerca despacio, sibilina, está ridícula cojeando sin un tacón y tiene un diente roto. Esa boca, ahora imperfecta, es la que besa Alberto después de comerme la polla. Me divierte pensar en eso ahora, quizá se lo diga, se lo escupa… Él altivo, como ella. Mirando por encima del hombro, y un buen día, tras una borrachera, lo inesperado de descubrirlo de rodillas entre mis piernas. Follando pierde toda la arrogancia, siempre postrado ante mí: chupando o disfrutando de que le rompa el culo. ¿Con ella se comportará igual? Lo dudo, seguro que hasta en la cama son estirados. Los dos somos libres estando juntos y necesito la pasta para ofrecerle una vía de escape. Nuestra oportunidad reside en la coca de esta puta. «¿Dónde está?» pregunta aullando. No pienso decírselo. Sangre de mi sangre, pero la de mis venas es prioritaria y no puedo levantarme aún. Quizá… Sí, ese candelabro que tantas veces hicimos pasar por bolo servirá. Como me toque se lo hundo en el cráneo.

          Veo la posición exacta del revólver en el interior del bolso que posé junto a la vieja gramola. Avanzo lenta, coja y decidida. Al caminar me pinza un nervio en la cadera. Paso la lengua por el corte diagonal del diente. Rasca. Siempre encontré un sabor agradable a la sangre.  Miro fugaz el altavoz plateado que se retuerce hasta lograr la vieja forma de trompeta. Los vinilos los pinchaba el abuelo.  Su amado Charlie Parker y el jazz. Y allí, veo en mi cabeza el arma nítida, con sus relieves desgastados en el metal,  reclinada y apuntando hacia la ventana, junto a la crema de manos, el móvil, la agenda, un boli de color negro, el lápiz lila de labios, pañuelos de papel, pinzas y espejo, tarjetas de restaurante, mi cartera, y el ansiado predictor. Me ciegan todas las siluetas, como el día que el olvido me hizo dudar de mí y busqué aterrada en la pantalla radiografiada de la aduana del aeropuerto. Hoy sí está. Cargada. ¡Y la utilizaré, mierda! Es sólo abrir el botón de imán, apartar la novela de Murakami y encajarla suavemente y con firmeza entre mis manos, como el día del anillo de Alberto. Sería innecesario, pero sigue riendo. ¡Qué diablos! No dudaré en estrangular el gatillo. Le meteré el doble cañón hirviendo entre los dientes hasta que cague sus calzones de marica. ¡Lo haré! No será la primera vez que huela su mierda. La caca de niño, hoy, defecará como adulto «¡Quieta ahí!», grita cuando estoy a solo tres pasos. Sonrío más. «Sólo quiero poner un poco de música. ¿Puedo?»

La Gramola – Capítulo I

         Amanece. Los rayos de luz anaranjada, que entran como espadas por entre los tableros mal colocados de las ventanas, no dejan lugar a dudas: la cabrona de mi hermana me ha roto la nariz. Gotea la sangre  sobre los vinilos antiguos esparcidos en el suelo, su lentitud al caer contrasta con mi corazón acelerado tras la pelea. Si pudiera levantarme le golpearía la cara que antes respeté -nariz por nariz-, pero siempre fue certera con las patadas y, la que recibí entre las piernas, no me permite siquiera respirar sin dolor. Al menos ella parece que no está mucho mejor. Apoyada, en la alacena que se intuye bajo una sábana sucia, ni siquiera me mira, se sujeta el estómago, ahí le di bien. Debí imaginar que tras quedarme el envío de cocaína sería la encargada de rastrearme. Sólo a ella se le hubiese ocurrido buscar en la vieja tienda de antigüedades, ahora cerrada pero en otro tiempo bulliciosa y escenario de muchos de nuestros juegos infantiles.

Me incomodan las bragas. Los volantes de lencería fina no son compatibles para pelear con el hijo de puta de tu hermano. También me cojea un zapato. Partí el tacón tras apoyar demasiado fuerte y hundir mi rodilla en su entrepierna. La factura de los manolos son demasiados ceros que nunca rembolsarán. Hoy como con Alberto, y tenemos grandes noticias. Hoy era un día perfecto. Lo chilla  el sol acuchillando nuestra oscuridad. Pero este enano cabrón me ha traicionado… No puedo creer que faltara a la cita. ¡Míralo! Habrá que limpiar la sangre del suelo. ¡Imbécil! A veces pienso que él siempre tuvo más tetas que yo. Incluso ahora, con las mías hinchadas y doloridas. Arrancaría de dos certeros mordiscos mis ovarios y se los haría comer hasta verle escupir el lugar exacto de mi coca y mi dinero. Pero calla. Sangra su chata nariz y calla. Sonrío superioridad, pero me duele. ¡Mierda! El espejo de papá, cubierto por el denso polvo del olvido, y encendido por un halo de luz, me refleja un diente roto. Es hora de sacarle los ojos de estúpido y recuperar lo mío.

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Próximamente, Leire Brenan y Daniel Diez sirven su primer experimento literario

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Un baile exquisito. Dos miradas, dos plumas, dos manos, una única historia. Pronto, los capítulos de este primer experimento literario será publicado por entregas en este blog.

Sobre el papel, dos voces. Leire Brenan y Daniel Diez. Ambos son los autores de este primer relato, que difícilmente te dejará indiferente.

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